“Un café con sabor especial, por favor. “

Por alguna extraña razón, cuando nos movemos a una ciudad nueva, añoramSnapchat-6928429535304862666 (1)os el tener eso que entre amigos llamamos, con gran cariño, “El bar de siempre”. Se echa de menos en momentos muy puntuales, como por ejemplo una tarde aburrida de estudio en lo que lo único que queremos ir allá, ver caras conocidas y tomar un café con ese sabor, que no tiene nada en especial, pero sin embargo sabe como si lo tuviera, por el simple hecho de que nos hace desconectar de la obligación que evitamos.

Tendemos a comparar cualquier otro café que tomamos fuera de casa con el de ése bar “Está bueno pero no es como el del bar de siempre” y como por arte de magia siempre volvemos allí, a la misma mesa y por supuesto,  en la misma compañía. Esa compañía que hace que dé igual si el café está cargado o no, si el bollo está seco o si el de la mesa de al lado hace un ruido molesto con la moneda.

Es difícil encontrar un “bar de siempre” en una ciudad ajena, por el simple hecho de que no sabemos cuál es exactamente la característica que buscamos para meterlo en esa categoría. Yo lo sigo intentando y cuando tengo la sensación de estar a punto de conseguirlo, me doy cuenta de que siempre fallará el factor de la compañía de siempre. Pero amigos, como bien dice una persona a la que debo muchas lecciones de vida “sopas y sorber no puede ser” y por el momento me conformaré con que el café tenga ese sabor a “me estoy escaqueando de estudiar”.

Z.

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¿Quién es quién?

Quién no ha jugado alguna vez a imaginarse la vida de esa persona que se encuentra a escasos centímetros de nosotros durante un aburrido viaje de metro o autobús. Intentar adivinar la vida que se esconde tras ese rostro de pánico a las alturas justo antes del despegue de un avión. Casi todos.

La constante ida y venida de los tranvías de esta capital que alberga al 25% de la población de toda la república, es el escenario idóneo para jugar sin descanso a este peculiar juego.

Una señora de unos setenta años toma asiento a mi lado. Una falda que llega más allá de sus probablemente cansadas rodillas, con medias negras y unos zapatos de tacón, sí, justamente esos zapatos con los que todos nos imaginamos a las señoras mayores. Su cabello, ahora blanco, hábilmente recogido en un moño, nos cuenta que tiempo atrás fue una larga cabellera rubia. Y después de la primera observación, la imaginación comienza a volar.

A lo mejor fue una gran enfermera en el pasado, que probablemente tuvo una de las labores más difíciles en alguna de las guerras que ha conocido este lugar. Se enamoró de un gran hombre de negocios con el que tuvo una familia de la que hoy está muy orgullosa. Seguramente, a juzgar por una bolsa con un regalo que lleva, se dirija a visitar a alguno de sus nietos que ahora, ocupan todo su tiempo. Cuidar de ellos es ahora su mayor pasatiempo y, por la manera en la que mira al bebé que tenemos justo delante, es una gran abuela. A lo mejor también le gusta…

Y sin querer llegamos al destino. Toca bajarse del tranvía con la incertidumbre de si alguien más iba jugando al mismo juego que yo y si he sido la elegida para dejar su cabeza a merced del ingenio y la creatividad.

Z.

En algún lugar

Los monumentos aguardan casi a oscuras el amanecer.  Brillan lo justo para demostrar que tiempo atrás fueron escenario de grandes bailes donde los príncipes austrohúngaros eran los anfitriones. Sin embargo, con la luz del sol lucen en todo su esplendor, el más mínimo detalle neoclásico merece nuestra atención durante varios minutos. Croatian National Theatre (HNK), Trg Marsala Tita, Zagreb, Croatia Es impensable ver a alguien montado en su coche, ventanilla bajada,  la música a todo volumen pasando por delante del Teatre Nacional, sobre las vías de tranvía en la ciudad condal. Una imagen habitual en las calles de esta singular ciudad. Unos tranvías que de tanto en tanto, nos regalan también la posibilidad de viajar atrás en el tiempo. De viajar a aquel tiempo en el que las puertas no tenían botones para abrir, cuando un hombre con gabardina y sombrero fumando pipa era la estampa habitual. Si hay alguien que es testigo, sin quererlo, del más de la mitad de los encuentros de la ciudad ese es sin duda Ban Jelačić. Vigila paciente a lomos de su caballo a aquella chica esperado nerviosa a su amado para la cita, al muchacho que aguarda paciente el momento en el que sus amigos pasen a recogerlo, a aquellas amigas que han decidido encontrarse después de más de un año sin verse… No hay nada mejor que descubrir cada día otro lugar especial, explorar las costumbres e idioma del país. Y es que cuando pensabas que lo habías superado todo acostumbrándote durante dos años a los acentos abiertos y cerrados, llegan las S y C acentuadas. Z.