¿Tomarás la cicuta?

Buscando inspiración decidí pensar en cosas tristes. En aquello que la gente rechaza. En tabúes. Decidí evitar el amor, como siempre, bajo el subterfugio de no fomentar un sentimiento estereotipado, preenvasado por La Sociedad (puestos a abstraer…) hasta el punto de convertirlo en poco más que una prenda colgada de su etiqueta.

Decidí pensar en el suicidio. Y no se tomen esto como una nota de despedida, antes bien se trata de una breve y sobretodo concisa reflexión acerca de la muerte, y qué nos empuja a ella.

Definimos el suicido a partir de las palabras latinas sui, “de sí mismo”, y caedĕre, “matar”. Quitarse la vida voluntariamente. No es complicado deducir la connotación que la mayoría de nosotros atribuye al suicidio; basta con observar de qué manera reacciona la gente respecto a ello. Incluso si considerado, en el mundo occidental se limita a una estadística ignota, oculta por temor a un feedback positivo. No da buena publicidad, a la gente no le gusta, no figuraría en sus esquelas como algo memorable. Sin embargo, la persona/ente/paloma más venerada de la historia de la humanidad se suicidó. Paradójicamente, ése es uno de los hechos más importantes de su divinización, su “sacrificio por todos nosotros”. Sus razones tendría.

Siglos atrás, en el Japón medieval, el seppuku o harakiri, como lo conocemos, era una manera de quitarse la vida por desentrañamiento considerada una entrega al honor de morir gloriosamente. Casos como inmolaciones bomba con fines terroristas o a lo bonzo con fines pacifistas se han sucedido a lo largo de las últimas décadas incrementando, si cabe, el debate. Durante la historia se han sucedido incluso suicidios forzados, como los de Sócrates, Nerón, Erwin Rommel, o la condenación a seppuku de Asano Naganori.

No hay nada en el mundo a que más indiscutible derecho tenga el hombre que a disponer de su propia vida y persona”. Arthur Schopenhauer

Hoy en día nos encontramos con relativa asiduidad casos como el de Brittany Maynard, una chica casada de 29 años diagnosticada con un glioblastoma multiforme alojado en su encéfalo que ha dejado a los Estados Unidos en vilo (otra vez), por una enfermedad cuyo diagnóstico y tratamiento quizás entrasen en otro debate. La esperanza de poco tiempo de vida ha hecho a Brittany decidirse por la eutanasia buscando “morir en paz”.

Sé que este post habrá revuelto las tripas a alguno y por ello pido disculpas, pero la ética de estos sucesos debe tratarse con la mente tranquila y el corazón frío, y no en el momento en que sucede un caso cercano que nos influya. Por eso reabro el debate sobre el suicidio en general para que vosotros y los escritores de este blog opinéis libremente.

~ Harvey

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